En mis épocas universitarias, en una ocasión fui con Pochito, un amigo, a ver una de obra de teatro alternativo, muy cercano al performance, a la Biblioteca México. La obra se llamaba "Estrategias fatales". Para mí fue absolutamente impactante; una experiencia prodigiosa de esas que consigue el arte, cuando uno siente que algo por dentro quiere brincarse la piel, rompernos los huesos para alcanzar el cielo. Era una obra sin un argumento hilado, construida por imágenes fuertes y pequeños fragmentos de historias; muy extraño para mí en aquel entonces, pero maravilloso. Recuerdo una frase de aquella obra: "Si el sol espera toda la noche para poder salir, ¿por qué no habría de esperarte yo?"
El caso es que seguí la pista de aquel grupo de teatro (La Rendija) y de su impulsora (Raquel Araujo). Años después, junto con mi amigo Francisco entrevistamos a Raquel para un proyecto editorial sobre mujeres mexicanas. Nos contó mucho de su teatro y de cómo se basaba en los conceptos de una corriente llamada "teatro personal" y desarrollada por Gabriel Weiz (si no mal recuerdo). La idea era poder resolver problemas personales a través del teatro. En La Rendija, cuando se reunían a ensayar, cada quien escogía un tema, debía ser un asunto personal que les estuviera impidiendo crecer, por así decirlo, y entre todos lo trabajan en pequeñas historias.
Al escuchar esto me di cuenta de que yo muchas veces hacía "escritura personal", y que a través de la escritura podía también trabajar mis dolores... Qué mágico momento es el que se tiene frente a un cuaderno (o computadora...) dejando que el espíritu brote hacia las palabras y el dolor fluya y fluya y fluya, y uno simplemente lo deje salir, sin mediaciones... Qué gloriosa catársis brinda la escritura, que nos ayuda a elaborar nuestros duelos y a ser estrategias de nuestras pequeñas y grandes batallas...

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